5/3/09

De sembrar y de sangrar


No tengo nada, granos de arena;
Soy algo, espuma de mar;
Sin casa, avanzo sobre las piernas;
Sin trabajo, surco el espacio;
Sin guitarra, choco mis palmas y canto.

No tengo nada,
Y por eso que no tengo no me puedes querer.
Elige pues amar, niña morena, o márchate ya.
Soy algo y quiero ser más.

Casi una botella es lo que parezco:
Hay días que reboso de buen vino,
Otros la espuma de la ira borbotea
Porque no entiendo que no quieran más;
Porque no entiendo por qué no entiendo.

Quizás el mundo este en lo cierto
Y no haya que mirar más allá:
Cerrar los ojos y comprar,
Una docena de huevos, una bolsa de sal…
Quizás al morir todos comprendamos
El porque no comprendíamos al otro.

No quiero ser dueño, no puedo ser dueño
No quiero ná,
No puedo tener una persona que me llore,
Ni quiero una casa que me sobreviva,
Pero que tampoco llegará a la eternidad.

Como escuece mirar al futuro,
Cuando desde aqui se ve un final;
Como escuece, que me entran ganas de procrear,
De sembrar y de sangrar, de seguir naciendo...

17/2/09

El miedo mata la mente

Todas y cada una de las personas que han habitado, habitan o habitarán en este planeta tienen su propia canción. No es una canción escrita por otra persona. Es una canción con su propia melodia y su propia letra. Son pocos los que llegan a cantar su propia canción. La mayoría tememos que nuestra voz no le haga justicia, o que nuestras palabras sean demasiado tontas, o demasiado honestas, o demasiado raras. Así que la gente acaba viviendo las canciones de los demás en lugar de cantar la suya propia.


Neil Gaiman, Los hijos de Anansi

10/2/09

Más de la mar


El y yo siempre buscamos el sol. Pero me da la impresión que su enamoramiento con el astro es más profundo que el mío. Él fue quien perdió la vista bajo sus rayos, sobre su reflejo marino. Él fue quien me enseño, con sus silencios y su amistad, quienes éramos los de abajo y que era lo de arriba.

Y así llegamos desde Granada, en nuestra mercedes vito, polvorienta y abollada, a las costas de Almería. A San José, a su mediterráneo cálido y vivo, a su orilla interminable. Como dos niños hermanos dejamos nuestro cuerpo bañándose en el agua de la tarde y nuestra mente flotando en un cielo de nectarinas y rumores blancos. Aprendimos de los cardúmenes plateados como nuestra voluntad es pequeña comparada con la fuerza de la marea. Juntos en verano.

Y aprendimos también que hay momentos en los que parece que solo estas viviendo, pero que el tiempo, con su manto único, verdadero, reviste preciosos.

7/2/09

Notophagus


Me llamé Ignacio Solar, fui un muchacho, una especie de homínido. Ahora no tengo ni huesos ni nombre, y vago por las dimensiones infinitas de una memoria compartida por todo aquello que vive. A veces me canso de ser, pero poco importa esa sensación que vagamente me recuerda los horrores y placeres de mi antigua condición humana. Condición que comencé a olvidar, a contaminar, a recrear, en el continente que una vez se llamó América…

Aun recuerdo, palabra por palabra, lo escrito en las páginas amarillas de aquel diario, porque memoria es lo único que de mi queda:



“…En el sur de la provincia de Santa Cruz, se yergue el cerro Chaltén como una herradura de roca descascarillada que apunta con sus cuernos al cielo, no sé si como revancha a un dios o como intento de comunión con los ángeles.

Hace algo menos de un año, en casa de una amiga madrileña/bilbaína contemplé, grabada en un hermoso libro, la imagen del cerro: Mole sobrehumana, desgarrando nubes, que trae la voz del tiempo infinito. En aquel salón donde pernocté, en Arturo Soria, confortable pero nervioso por circunstancias ahora lejanas e insignificantes, pensé en que quisiera llegar a sus pies, tocar su pared de piedra que es una, y que es una con este planeta. Jamás pensé en alcanzar su cima, pues no podría, y mi creencia es que debo permanecer abajo, humilde, a sus pies.

Y las circunstancias me acabaron postrando efectivamente a sus pies: sobrevolando el atlántico, cruzando la Pampa, sobre la carretera de las rectas interminables, a través de los controles policiales numerosos y de las noches dolorosas del ómnibus. Habían pasado diez meses desde que ojeara el libro, y ni siquiera podría explicar con claridad porque llegué allí, pues mi vida es ahora el vuelo de una hoja, o la suerte de un madero, arrastrado hasta la costa por las vivas mareas de setiembre.

En la primavera del sur de la Patagonia, que a veces es afilada como el más puro invierno, me hallé, preso de aquel deseo incubado a doce mil kilómetros de distancia. Que cerca estaba de observarlo, de hacer reales las palabras leídas en aquel viejo libro; De hecho, con cada paso, las hacía más reales, con cada metro que ascendía, con cada recodo, con cada corteza por mi mano acariciada. Algunos habían muerto intentando alcanzar esas cimas, yo no pensaba en aquello. Me sabía ya en un vuelo vertiginoso, en falsos círculos, por el cosmos inabarcable, en una nave de rocas y magma, de agua y vida. No necesitaba subir, pronto en unos años, sería todo.

Bebí del agua cuando tuve sed: La tierra generosa me la ofreció como la madre ofrece leche a su niño. La sombra hizo temblar mi cuerpo con frio, y los rayos de un sol lejano y errabundo acariciaron mi piel como solo mi amada, ahora tan lejos, sabe hacerlo.

Un árbol me recordó la vida que fluye dentro, y como quien quiere donar lo más puro a la institución que lo ha formado, como un gran regalo que llevaba dentro, como un torrente espontaneo y pulsátil, derrame mi esperma sobre la corteza de aquel inmenso notophagus. Con un beso en su tronco me despedí, llevando conmigo el sueño loco de que mis gametos perduraran para siempre y llegaran a ser algún día hijos de los astros.

¿Acaso es tan difícil de entender que queramos vivir para siempre?...”



Los años sucedieron a los meses, y los siglos a los años, los milenios a los siglos, y aun se podía, si algún humano hubiera podido, observar desde la ladera de aquel monte la corteza petrea y viva del notophagus. A sus pies, algo vagamente vegetal, una promesa tierna y verde cuyo tallo era interrumpido en su parte más distal por tres estomas rodeados por tejido muscular, comenzó a emitir un sonido dulce, de inédito timbre, y su nuevo canto nunca dejó de viajar.

1/2/09

Mis 5 principales: Empezando

Depeche Mode - It's no good

Depeche Mode - Enjoy the silence

Smashing Pumpkings - Tonight

Muse - Sunburn

Underworld - Dark and long

30/1/09

Más historias


La noche de los púberes se diluye despacio entre inopinadas blasfemias, risas y ojos de midriático vidrio. Los muchachos y muchachas intentan exhalar su barata ebriedad en el abarrotado autobús municipal, mientras el sábado se convierte en domingo. Una pareja de quinceañeros se besa con ansia y torpeza; los otros, que están solos, suspiran por unos ojos que no les reflejan; o por unos senos que no acarician; o por una sonrisa que se ha escapado como una paloma.
Las grandes manos agarrándose a las barras, sostienen los cuerpos desgarbados que se zarandean en las curvas. Él alcanza los asideros con dificultad. No puede dejar de verse más bajito que los otros; tampoco puede aun dejar de ser tímido, temeroso de si mismo, de la persona que desde hace poco tiempo está comenzando a forjarse: ese hombre a medio hacer, que recién ha dejado de ser niño, y que según dicen algunos apunta lejos, aunque él no esté seguro, o ni siquiera se lo haya preguntado.
Su amigo Miguel, rizoso, casi gitano, mucho más enraizado en el presente y en la tierra, está multiplicando una historia divertida de la inocente noche que acaban de apurar. Él contesta con la risa a sus exageraciones, pero la parada del moreno llega y han de despedirse con esa mezcla tan juvenil de extroversión y dureza.
Y queda solo en el autobús municipal, con los otros niños casi hombres, con las niñas que ya sangran. Quedase él cavilando, como siempre, pensando infatigable: absorto, con su pelo largo húmedo por la incesante llovizna que remojó toda la noche, piensa en lo que echaran en la tele al llegar. Quizás pongan alguna película de ciencia ficción de esas que tanto le gustan. Los chubasqueros y las cazadoras vaqueras se acarician, empapadas, mientras van pasando las paradas que preceden a la suya, y la ciudad se va convirtiendo en humilde extrarradio: Calvo Sotelo, Ayuntamiento, Jesús del Monasterio, Numancia… de súbito, como teletransportada, una torpe y borrosa figura, aparece entre dos abrigos, acurrucada como un animal herido, como un feto. En un rincón del bus, sentada casi en el suelo, ni si quiera parece tener derecho a un asiento. Es una mujer pequeña, rechoncha, rubicunda. Su pelo graso y castaño es corto, lleno de remolinos que apenas ocultan las groseras orejas. Los ojos azules y como ausentes consiguen no sumar belleza alguna al rostro, salteado por profundos poros y donde una especie de grano sebáceo y eritematoso en el surco nasogeniano acapara toda la atención. Su mentón escueto y arrugado parece hallarse en un puchero perpetuo. Y el cuello, seguramente inexistente, se encuentra cubierto por una vuelta de lana. Lo demás en ella también es despropósito: La cazadora sintética con parches de colores; la falda demasiado corta y áspera que deja en evidencia unas piernas blancas y rollizas, con largos pelos, envueltas solo en frio y lluvia, rematadas por unos botines tan rojos como incongruentes.



Él no puede dejar de mirarla, hipnotizado por su ordinaria fealdad, tan ordinaria que casi sobresale por el otro extremo. Observa como la mujer lleva algo dentro de su puño derecho, apretado como si fuera la vida misma. El chico distingue primero un color rojo arrugado, para segundos después, reconocer la verdadera naturaleza del pajarillo de papel: un billete de dos mil pesetas. Ella tensa sus nudillos con fuerza y no mira a ningún sitio, vacía o avergonzada, desterrada. Ninguna oportunidad para ella. Ninguna. Carnaza y miseria. Sexo que horripila.
Siguen pasando las paradas, y la mujercilla a penas se mueve, a penas reacciona. Solo aprieta su billete rojo y sucio, con su mirada fija en ninguna parte, probablemente empapada en vino barato. Y el muchacho, desde la distancia y desde los restos de lluvia en su frente, la mira y la repasa a unos prudenciales dos metros, tan curioso como conmovido y asustado, pensando si su juicio, en ese autobús dirección Cazoña será errado o no lo será. Sigue mirando los dedos gorditos; mira el billete engurruñado que rebosa, rebasa los límites de la pequeña mano, como si fuera más grande que ella misma.
Se apea del autobús frente al Hospital Universitario, que pronto le vera cursar sin dificultad pero no sin esfuerzo la carrera de medicina. Piensa que acaba de ver a una puta, que se aleja hacía la periferia con su inútil pájaro carmesí apresado en el puño. Y piensa, también, que la pobre puta no se parece en nada a Jane Fonda o a Julia Roberts, que a veces salen en las películas de los sábados por la noche.

15/1/09

El pucherazo del Rubicón II



Subo por la esquina de la Conveniente hacía el Carmen. Son las dos de la mañana y quisiera pasar un rato con Carlos antes de que el Urban cierre.
En medio de la cuesta me cruzo con una vieja conocida y dice, mujer con raíces en lugar de piernas dice:
-Vienes mucho por aquí - certificando inconsciente que mis ausencias son ahora más prolongadas que mis presencias.
Tras un superficial intercambio de información, nos despedimos, mientras el eco de sus palabras me convierte en exiliado y viajero a un solo tiempo.
Acelero el paso y alcanzo a mis amigos; maravillosos en santanderina proporción, dos chicos por chica. Y como toda marcha es preparativo de muerte y celebración de vida, y me acaban de recordar que marcho, durante el resto de la noche disfruto aun más si cabe de música, humo, voces y rostros bañados por la luz de los cármenes.