4/1/13

14


El bar donde han quedado se llama Canela. Ella está con un amigo. Él entra por la puerta y no consigue verla entre la multitud. Ella hace señas con la mano y con su sonrisa.Por fin les localiza. Se saludan con mucha alegría. Él conoce a su acompañante, aunque muy poquito. Comienzan a hablar y se piden unas copas. Ella pide ron y él, como muchas veces hace, pide lo mismo que su acompañante. A veces es fácil y divertido tomar lo mismo.
Suena música española y algún clásico anglosajón. No es mala música considerando la zona en la que están, así que se encuentran muy a gusto. Después de una o dos copas, cambian de calle, hacia la zona del Carmen, que es la preferida de  él. Allí aparecen dos colegas del chico y se unen al grupo. Llevan tiempo sin verse y no son, digamos, amigos, pero se caen muy bien y resultan  simpáticos, así que los cinco juntos arremeten contra, al menos, un par de bares más.
 No se sabe con certeza, no hay registros fidedignos,  pero parece que los acompañantes se disuelven lentamente. 

13.1


Baja por las callejuelas empinadas, pensando en ella. El viento sigue viniendo del sur y templa la noche. Deben de ser más de las doce. Piensa en su mano.
Su mano. Cuando se habían encontrado ambas por primera vez, ya desde entonces, él había notado una cualidad especial en la de ella. Ya parece lejano el momento de aquel primer saludo, pero justo ahí, de forma rápida, oculta, inconsciente pero profunda como todo lo inconsciente, ahí ya la finura de su mano femenina le dejó una muesca grabada en el corazón.
Las manos de mujer por lo general son finas y suaves pero la de ella, le pareció a él, que portaba algo especial. Era en si misma un mensaje. 

23/10/12

13.




Llama a su amigo. Es viernes en la ciudad de la costa. Enero está suave, como ocurre a veces, y pasear en la noche precoz es muy agradable cuando no llueve: La brisa, ligeramente asurada,  entra desde el mar a través los jardines cercanos al embarcadero y recorre juguetona los callejones y soportales. La luz naranja de las farolas compite con el azul nocturno. El chico camina sin lastre, divertido, con ese hermoso e irreal sentimiento juvenil de control.

Piensa en ella. Hoy van a quedar un rato, bastante más tarde,  para ver que tal va todo en sus nuevos puestos de trabajo. Aun no saben a que hora: se llamaran por el móvil.

Mientras se aproxima el momento, irá a ver a su amigo. Aun vive con sus padres, aunque su padre nunca está. Va a subir a su casa: Su cuarto es acogedor y privado, y su madre no molesta casi nunca. Hablaran tranquilos y aspiraran el humo con calma. La habitación mira al sur, a la bahía, y a pesar de la noche la mar se intuye desde su ventana con un regular parpadeo de luces verdes y rojas rielando sobre la negrura insondable. La charla se desenrolla como una alfombra roja. El chico disfruta tanto de la presencia de su amigo, de las anécdotas rememoradas, de las observaciones complejas sobre cosas sencillas, de la confianza que naturalmente ha ido brotando entre ellos dos, que el tiempo vuela.

No se sabe quien llama a quien.

Un poco mareado se levanta: lleva un puntillo. Se despide de su amigo, con toda probabilidad hasta la mañana siguiente, y baja hacia una de las plazas de la zona. Muy contento...

12.



Se echaban de menos sin saberlo.

Un viernes quedaron para salir por la noche con más gente. Sus estilos eran aparentemente distintos a la hora de beber, a la hora de bailar, pero había algo que les unía por encima de todas aquellas diferencias, y probablemente era que no daban demasiada importancia a las diferencias o que, más probablemente aun, a lo largo de los años ambos habían aprendido a tolerar y a disfrutar las diferencias.

Conforme la noche iba avanzando, esas diferencias se iban difuminando: Ella se mostraba más rockera, el más cercano a las pistas de baile.

Sin duda se estaban dejando llevar un poco, pero todavía existían ciertos pudores. Una prudencia que solo más tarde podría ser correctamente interpretada.

La noche seguía, y el grupo seguía cerrando bares.

Pero las noches de fiesta en el norte de España, por aquel entonces, eran duras: Cada minuto después de las cuatro y media de la mañana debía ser peleado para ser disfrutado, sobre todo si los atletas no se dopaban mucho, como era el caso.

Así que rozando las cinco de la mañana, él anuncio al resto del grupo, ya algo mermado por los que siempre se iban antes, que se marchaba a casa.

Ella se quedó hasta bien entrada la mañana.

Cada uno por su lado, pero ya pensando más de la cuenta el uno en el otro.

Días divertidos, sin duda.

11.



No tarda el amor en crecer cuando el mundo le apura, cuando los movimientos de traslación remueven el sustrato y el paso del tiempo amenaza con separar a los que se podrían juntar íntimamente.

Así  hizo falta una pequeña  separación, una levísima fractura en la rutina, para espolear los corazones que parecían a punto de quedarse dormidos o, más gravemente, a punto de  alejarse de su objetivo distraídos por algún engañoso canto del pasado.

Aquel mes de las navidades, ellos dos iban a ser trasladados en su trabajo. No iban a verse más a diario, ni iban a poder compartir confidencias frecuentemente. Tampoco es que cambiaran  de ciudad, pero el hecho del traslado marcó una pequeña señal que hizo recapacitar sobre lo agradable y reconfortante que era la presencia del uno para el otro: Verse y hablar, reír juntos,  iban a dejar de ser fruto de la rutina: Ahora cada encuentro podría adquirir un significado mayor, peligrosamente mayor.

Había que empezar a significarse.

29/6/12

10.

Mira su cuarto antes de salir.

 Ha cogido las llaves, el móvil y la cartera, lo ha metido todo en su bolso de rayas y , con el pomo de la puerta en la mano, se para a observar las fotos  pegadas en un corcho y en las puertas de los armarios: Una pequeña reproducción de un cuadro de Leonardo con el rostro dulce de la Virgen,  el primer plano de la mirada intensa y azul de una chica rubia de pelo corto, su hermana mayor sonriendo, otra foto en París con su madre y dos hermanas más,  bajo un tejado de madera con su padre y todos sus hermanos...

Son muchos los dias buenos que han quedado  allí retratados, piensa ella, y se fija en una instantanea en concreto.

Hoy especialmente llama su atención una imagen:  la foto  es apaisada, de 10X15, inconfundiblemente crepuscular, de verano dulce anaranjado, con sus amigas de la beca erasmus, muy juntas, despeinadas por el viento que sopla bajo los aerogeneradores de un pueblecito de Navarra. No fue hace mucho y lleva el sello de esa amistad con urgullo, y lo lustra con esmero. Esa amistad se forjó pronto pero  fuerte y ha perdurado en los años y en la distancia.

Hoy el día tambien será bueno.

10/6/12

El infinito interior

Supongo, mientras salgo del centro de Madrid en coche, a las 7:30 de la mañana del domingo, viendo los rostros de mis coetaneos desencajados por el alcohol o el amor o la falta de sueño o la cocaina o todo a la vez, que si que tenemos hoy en dia algunos problemas. Que por otro lado me parece que no son aquellos que salen en los medios y con los que la ya pasada noche me he permitido el lujo de soñar, malgastando así fantasia y fuerza onírica en cosas tan estériles.
Supongo, quiero suponer, que lo que nos ocurre es que cada uno de nosotros olvidamos cada mañana nuestro valor real, y así españolitos y occidentales en general, corremos como pollo sin cabeza pensando que tenemos que responder a mil y una expectativas de distinto orden: Académico, laboral, económico, social...
No nos damos cuenta de como en nuestro interior y por un tiempo limitado, que quizás es solo una fantasia, albergamos bajo nuestra piel infinitos milagros que se perpetuan así mismos: Millones de entidades vivas conectadas entre sí y a nosotros mismos respiran, se comunican, nutren y reproducen en nuestro cuerpo, y llevan en sus nucleos la historia casi eterna de la vida. Hay un infinito en el Cosmos insondable, pero hay un infinito aun mayor hacia dentro de cada uno de nosotros mismos.
Que no diga nadie que alucino o que esto es delirante, puesto que es claramente mucho más real y replicable que cualquier paparrucha económica que todos esos tipos sin escrúpulos nos quieren hacer creer y con las cuales pretender robar la alegria de la gente.
Pero en cualquier caso, quizás en esta coyuntura acabemos aprendiendo todos algo. Que somos nosotros como decia Gino Paoli hace poco en la Rock Delux, nuestro propio enemigo; que nosotros mismos somos los que nos estamos oprimiendo con nuestro afan de consumo, con nuestro narcisismo estúpido. Que hay mucha mierda que sacudirse de encima y que no debemos de culpar a nadie del mal uso que hacemos de nuestra libertad. No somos ni mejores ni peores que los de antes, pero podemos empezar a ser mejores o peores.